ICVV: La ciencia del vino / Investigación de vanguardia (IV)

Coordinado por José María Martínez-Vidaurre, el grupo VitisGESTIÓN del Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino (ICVV) desarrolla investigación aplicada para la adaptación del viñedo al cambio climático, la sostenibilidad y la innovación en viticultura de precisión

Texto: Mirian Terroba
redaccion@laprensadelrioja.com

El cambio climático, la evolución del mercado y el avance tecnológico están obligando a replantear la forma en que se cultiva la vid y su relación con el entorno. En este contexto trabaja el grupo VitisGESTIÓN del Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino, uno de los equipos de referencia en investigación vitícola aplicada.

Al frente del grupo se encuentra José María Martínez-Vidaurre, quien define su actividad como el estudio de los factores de producción vitícola a lo largo de todo el ciclo del viñedo. “Cuando hablamos de gestión del viñedo, hablamos de todo: desde que la parcela está en preparación para la plantación hasta que el viñedo está en plena producción y buscamos un equilibrio que permita obtener uvas de calidad de forma sostenible”.

El grupo VitisGESTIÓN, integrado en el departamento de Viticultura del ICVV, desarrolla una investigación centrada en el sistema vitícola. Se trata de un equipo consolidado en producción científica, que combina personal investigador estable, en formación y apoyo técnico vinculado a proyectos competitivos. El grupo se constituyó con la puesta en marcha del ICVV en torno a 2010 y está formado actualmente por siete doctores de plantilla —seis de la Comunidad Autónoma de La Rioja y una científica titular del CSIC: el propio José María Martínez Vidaurre (responsable), Sergio Ibáñez Pascual, Ignacio Martín Rueda, Luis Rivacoba Gómez, Javier Portu Reinares Alicia Pou Mir y Nuria Vázquez García—, además de una técnica de campo, tres doctorandos, una becaria y una ayudante de investigación.

Martínez-Vidaurre señala que los principales retos del grupo se estructuran en tres grandes líneas: el estudio de los suelos vitícolas y su variabilidad espacial, la conservación y mejora del patrimonio genético de las variedades de Rioja junto a la selección de clones adaptados al cambio climático y la introducción de nuevas variedades, y el desarrollo de prácticas agronómicas sostenibles aplicadas al viñedo.

En el ámbito del suelo, los proyectos actuales incorporan técnicas de agricultura de precisión para mejorar la cartografía edáfica, lo que ha permitido generar mapas más precisos con un menor número de observaciones.

Este trabajo se complementa con la evaluación de prácticas agronómicas innovadoras —como cubiertas vegetales, acolchados orgánicos, estrategias de fertilización sostenible o manejo del dosel vegetal—, desarrolladas mediante un seguimiento fenológico y fisiológico del viñedo con herramientas de precisión.

Material vegetal

Uno de los ejes fundamentales del grupo es el estudio del material vegetal. En este ámbito, José María Martínez-Vidaurre destaca la existencia de un banco de germoplasma que supera las 1.500 accesiones de las principales variedades de la Denominación de Origen Rioja, procedentes en gran parte de viñedos antiguos, al que se suma una colección mundial de más de 500 variedades. En conjunto, constituyen una base genética de gran valor para la investigación.

Según explica, este material permite analizar la diversidad genética de la vid y su capacidad de adaptación a distintos escenarios. “No sabemos en qué condiciones se va a desarrollar el viñedo en el futuro. El cambio climático nos da escenarios, pero no certezas. Por eso necesitamos diversidad genética”.

A partir de esta base, la investigación se centra en la respuesta de variedades y clones frente a factores como el estrés hídrico, el aumento de temperaturas, la insolación o la duración del ciclo vegetativo. En este contexto, el grupo trabaja con clones de Tempranillo, Graciano, Garnacha blanca o Viura seleccionados por su potencial adaptación a escenarios de calentamiento global.“Buscamos ciclos más largos, mayor resistencia al déficit hídrico y tolerancia a la insolación”.

No obstante, Martínez-Vidaurre subraya que este tipo de trabajos exige plazos largos de evaluación.“No se pueden sacar conclusiones en tres años. La vid necesita entre cinco y diez años para entrar en una fase productiva que permita evaluarla correctamente”.

En este sentido, el investigador insiste en que el banco de germoplasma no debe entenderse únicamente como una herramienta de conservación, sino como una infraestructura estratégica de adaptación climática, orientada a dar respuesta a escenarios futuros aún inciertos.

Imágenes de distintos proyectos que llevan a cabo, cedidas por el grupo investigador.

Del patrimonio genético a nuevas variedades

Al abordar los principales hitos alcanzados por el grupo VitisGESTIÓN, José María Martínez-Vidaurre sitúa en primer plano el trabajo desarrollado en torno al material vegetal, una línea de investigación que ha tenido un impacto directo tanto en el conocimiento como en la evolución del viñedo en Rioja. Este esfuerzo sostenido durante años “ha permitido recuperar, identificar y mantener un elevado número de accesiones procedentes de viñedos antiguos, sentando las bases para el actual banco de germoplasma y para las líneas de investigación orientadas a la adaptación del viñedo al cambio climático”.

Junto a esta labor, el investigador destaca un hito concreto que ha tenido una clara proyección en el sector: el desarrollo de la variedad Tempranillo blanco. Se trata de una mutación detectada a finales de los años ochenta y autorizada en la Denominación de Origen Rioja en 2008, cuyo recorrido ilustra el largo plazo necesario para trasladar la investigación al viñedo y, posteriormente, al mercado. Martínez-Vidaurre subraya además su potencial enológico y señala que ya se están elaborando vinos de calidad y con capacidad de guarda.

Más allá de estos resultados, el coordinador del grupo pone en valor la combinación de perfiles científicos como uno de sus activos clave. “Somos un grupo de investigación en viticultura multidisciplinar. Tenemos especialistas en suelos, en material vegetal, en fisiología de la vid y en prácticas agronómicas”.

Esta diversidad de conocimientos refuerza la capacidad del grupo para abordar problemas complejos del viñedo desde distintos ángulos y trasladar ese conocimiento al sector vitivinícola.

Prácticas agronómicas

En el ámbito de las prácticas agronómicas, el grupo ha desarrollado ensayos orientados a mejorar el manejo del suelo a partir del estudio de sus propiedades físicas, químicas, mecánicas y biológicas. Estas investigaciones incluyen técnicas de descompactación y otras intervenciones dirigidas a mejorar la calidad y salud de los suelos vitícolas.

Una de las líneas más trabajadas es el uso de cubiertas vegetales, tanto sembradas como espontáneas, y su comportamiento en condiciones de secano. En este sentido, Martínez-Vidaurre subraya que “no solo se trata de implantar cubiertas, sino de saber manejarlas, especialmente cuando el agua es un factor limitante”.

A ello se suma la incorporación de acolchados orgánicos, elaborados a partir de restos de poda triturados o paja de trigo, que permiten reducir el uso de herbicidas, conservar la humedad y mejorar la estructura y fertilidad del suelo. Tras varios años de ensayo, el grupo evalúa además su impacto en la biodiversidad microbiana.

En paralelo, se investigan estrategias de gestión del dosel vegetal y de la sanidad del racimo para mitigar los efectos del aumento de temperaturas, como el uso de mallas de sombreo. “Controlamos variables como la anchura, el color o la disposición de las mallas para ver cómo afectan a la fisiología de la planta y al racimo”.

Asimismo, se desarrollan aplicaciones foliares específicas, como el aporte de nitrógeno en momentos clave del ciclo (preenvero y envero), el uso de elicitores —que estimulan la síntesis de compuestos fenólicos y aromáticos— y la aplicación de caolín como protección frente a la radiación solar “porque reduce la actividad fotosintética y permite alargar el ciclo de la planta”.

El suelo como base esencial

El tercer gran pilar de investigación es el suelo. En este ámbito, Martínez-Vidaurre sitúa la clave en el entorno inmediato del sistema radicular de la vid. “La esencia del Rioja hay que buscarla en algún sitio. Yo, el primer sitio donde la buscaría es al lado del sistema radicular. Ahí está el suelo. El suelo le da a la vid el alimento y el agua, y de lo que te alimentas, luego eres”.

Desde esta perspectiva, el grupo aborda el suelo como base del viñedo y como componente esencial del concepto de terroir, definido por la Organización Internacional de la Viña y el Vino como un sistema que integra factores físicos, bióticos, humanos y enológicos. “Es un concepto complejo porque lo incluye todo”.

El objetivo no es simplificarlo, sino descomponerlo para entender sus partes, comenzando por el medio físico. En este sentido, el grupo ha avanzado en el análisis del relieve, el paisaje, la roca madre y la caracterización de los suelos.

El siguiente paso para comprender el terroir sería incorporar las prácticas de manejo, ya que la intervención humana también forma parte del sistema. En este sentido, no es lo mismo un viñedo con cubiertas vegetales que otro manejado de forma convencional, aunque todavía no existen evidencias concluyentes de que estas diferencias se traduzcan de manera consistente en vinos distintos. “Eso habría que comprobarlo. De momento no lo sabemos con seguridad a nivel de consumidor final”.

En esta misma línea, los resultados obtenidos indican que la relación entre el suelo y el vino no es siempre directa: en algunos casos se obtienen vinos diferenciados, mientras que en otros no se aprecia una correspondencia clara. Esta variabilidad refuerza la complejidad del sistema y ha llevado al grupo a plantear la necesidad de agrupar los suelos en categorías con verdadero potencial de diferenciación enológica, en lugar de asumir respuestas homogéneas.

Martínez-Vidaurre subraya que esta complejidad exige seguir profundizando en el conocimiento del medio físico de la denominación, recordando además su experiencia investigadora:
“En mi tesis doctoral ya comprobé que no todos los suelos dan diferentes vinos”.

Finalmente, en paralelo algunos viticultores están avanzando en la caracterización detallada de sus parcelas —incluyendo relieve, roca madre, suelo y prácticas— realizando microvinificaciones en bodega.

MUESTRAS DE SUELO Y SUS MATERIALES ORIGINARIOS: El grupo VitisGESTIÓN del ICVV ha iniciado un nuevo proyecto con la toma de más de 100 muestras procedentes de sondeos geológicos de tres metros de profundidad en viñedos de Rioja, destinadas al estudio de la variabilidad edáfica y la caracterización mineral de la roca madre, de cara a estudiar su influencia en el comportamiento del viñedo y la calidad de la uva y del vino.

Nuevas estrategias para un viñedo en transformación

El cambio climático está adelantando la maduración de la uva, acortando los ciclos vegetativos y provocando un desajuste entre la madurez tecnológica y la fenólica, además de reducir la acidez y aumentar el pH de los mostos.

Ante este escenario, el grupo trabaja en dos grandes líneas de adaptación. Por un lado, la selección de material vegetal, centrada en clones de variedades de la DOCa Rioja con elevada capacidad de adaptación, con ciclos más largos, menor demanda hídrica, mayor resistencia a enfermedades y a los daños por insolación. En este sentido, Martínez-Vidaurre subraya que “buscamos uvas más equilibradas, con una maduración tecnológica y fenólica óptimas en este nuevo contexto climático”. Este trabajo requiere evaluaciones prolongadas, ya que la vid necesita entre cinco y diez años para expresar de forma fiable su comportamiento productivo.

Por otro lado, se desarrollan otras estrategias agronómicas de adaptación al cambio climático para modular el ciclo de la vid y la maduración de la uva, como aplicaciones foliares de elicitores, sustancias protectoras y técnicas de manejo sostenible del dosel. Según el investigador, “en algunos casos aplicamos vía foliar en envero y ya vemos resultados en vendimia, observando cómo evoluciona la uva respecto a un control”. En este ámbito destaca el proyecto Vitisad, con ensayos de sombreado para reducir daños por exceso de insolación, que permite obtener respuestas positivas respecto al color y acidez de la uva dentro de la misma campaña.

Finalmente, se subraya que la variabilidad del viñedo está muy condicionada por la heterogeneidad del suelo, lo que influye en el desarrollo y la maduración de la uva. Por ello, se apuesta por una gestión previa a la plantación basada en agricultura de precisión como el mapeo de conductividad eléctrica junto a estudios topográficos, para optimizar el conocimiento y manejo futuro del viñedo.

Aplicación de la investigación al sector vitivinícola

El grupo desarrolla una investigación de carácter aplicado, basada en la colaboración directa con viticultores, bodegas y técnicos del sector. En este marco, se ha colaborado con viticultores mediante el establecimiento de una red de viñedos experimentales en toda La Rioja (Tempranillo blanco) y proyectos conjuntos con cooperativas y bodegas, lo que permite trabajar en condiciones reales de cultivo.

Martínez-Vidaurre subraya que “es fundamental compartir objetivos comunes y construir una relación de confianza entre investigadores y sector para que las experiencias en viñedo funcionen”, destacando también la importancia de una comunicación fluida con el sector productivo, especialmente receptivo a cambios en el manejo del suelo y del viñedo. Este enfoque ha permitido asesorar en la elección de variedades y desarrollar ensayos conjuntos.

Con relación al riego, la toma de decisiones debe tener lugar en campo, el punto de partida es la caracterización del suelo y el estudio del sistema radicular, sustentado con tecnologías de monitorización como sensores de humedad del suelo, dendrómetros o sensores de flujo de savia. El investigador destaca además el uso de la cámara de presión para validar los datos: “nos permite comprobar si los sensores están realmente dando información fiable”, lo que mejora la precisión en la gestión del riego y el seguimiento del estado hídrico de la vid.

Hacia un sistema más integrado 

José María Martínez-Vidaurre imagina el viñedo del futuro como un sistema más integrado con el entorno, en el que la biodiversidad —vegetal y animal— tendrá un papel central. En este escenario, se consolidarán especialmente los viñedos asentados en los mejores suelos y mejor adaptados a las nuevas condiciones climáticas, en un contexto de mayor exigencia ambiental y productiva.
“El viñedo del futuro será un espacio muy integrado con el entorno, con gran biodiversidad vegetal y animal, más cuidado y sostenible”.

A este panorama se suma un proceso de tecnificación creciente. El investigador señala que el viñedo estará cada vez más monitorizado, con el uso generalizado de imágenes de satélite de alta resolución y menor coste, junto con sensores distribuidos en suelo, planta y hojas. Esto permitirá conocer en tiempo real el estado hídrico y sanitario del cultivo.

En paralelo, se prevé la expansión de herramientas de viticultura de precisión, como sistemas de sensorización continua y modelos de simulación avanzados. Entre ellos destacan los “gemelos digitales”, actualmente en fase experimental, que permitirán reproducir virtualmente el comportamiento del viñedo para apoyar la toma de decisiones.
“Hoy en día todavía no es posible una gestión totalmente en tiempo real con gemelos digitales en viñedo, pero estamos avanzando en esa dirección”.

En conjunto, el investigador describe un modelo de viticultura más tecnológico, planificado y sostenible, en el que la innovación digital convivirá con una mayor sensibilidad ecológica y territorial.