ICVV: La ciencia del vino / Investigación de vanguardia (X) 

El grupo Chem-Ecol, liderado por César Gemeno Marín en el Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino (ICVV), investiga nuevas herramientas para monitorizar plagas como la polilla del racimo y el mosquito verde, optimizar su control y avanzar hacia un uso más eficiente de los fitosanitarios

Texto: Mirian Terroba
redaccion@laprensadelrioja.com

¿Cómo se puede detectar antes una plaga, conocer cómo evoluciona y decidir con mayor precisión cuándo intervenir? Parte de la respuesta puede estar en las señales químicas que utilizan los insectos y las plantas para relacionarse. El grupo Chem-Ecol, especializado en ecología química aplicada a la viticultura en el Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino (ICVV), estudia estas interacciones para encontrar nuevas formas de vigilar y controlar las plagas del viñedo.

El equipo se formó en 2024, con la incorporación del entomólogo César Gemeno Marín al ICVV, y está integrado por el propio investigador y el estudiante de doctorado Sharan Chowalli. Su trabajo combina investigación básica y aplicada, con especial atención a la polilla del racimo (Lobesia botrana), una de las plagas de mayor interés para la viticultura riojana.

Gemeno define la ecología química como «una disciplina que estudia las interacciones entre organismos mediadas por compuestos químicos». En la práctica, este conocimiento permite investigar cómo aprovechar las señales que intervienen en el comportamiento de los insectos, desde las feromonas utilizadas en el control de plagas hasta las sustancias vegetales que pueden influir en su reproducción.

«El principal objetivo es reducir el uso de productos fitosanitarios en agricultura», explica el investigador. No se trata de eliminar todos los tratamientos, sino de disponer de información y herramientas que permitan ajustar las intervenciones a la evolución de las poblaciones y recurrir a los productos fitosanitarios sólo cuando sea imprescindible. El reto es mejorar la eficacia del control y, al mismo tiempo, avanzar hacia una protección del cultivo más respetuosa con el medio ambiente.

Mejorar el seguimiento

Uno de los ejemplos más concretos de esta investigación es el desarrollo de una trampa automatizada para monitorizar L. botrana. Según explica Gemeno, el grupo ha desarrollado «una trampa automatizada para el monitoreo de polillas como la Lobesia», con la que busca conocer cómo varían sus poblaciones en tiempo real.

Para viticultores y técnicos, disponer de datos más frecuentes puede facilitar la detección de cambios en la presencia de la plaga y ayudar a decidir cuándo conviene intensificar la vigilancia o valorar una intervención. La automatización también podría reducir parte del trabajo manual asociado a la revisión de trampas y facilitar el análisis de las capturas.

El objetivo es avanzar hacia un seguimiento más continuo, que aporte información útil para tomar decisiones en tiempo real en lugar de depender únicamente de observaciones puntuales. No obstante, el desarrollo de una tecnología no implica que esté ya validada para su uso generalizado: su eficacia y viabilidad deben comprobarse en las condiciones reales del viñedo.

La automatización es también una de las vías de futuro que señala Gemeno. «Una línea de futuro es el muestreo automatizado», afirma. Y añade: «se puede mejorar el muestreo de las plagas considerablemente explorando la ecología química».

Junto a las trampas, el equipo estudia las feromonas para determinar cuáles resultan más eficaces frente a las poblaciones de cada lugar. Estas sustancias desempeñan un papel importante en estrategias como la confusión sexual, que interfiere en la comunicación entre los insectos para dificultar su reproducción. Conocer mejor cómo responden las distintas poblaciones a las señales químicas puede ayudar a optimizar estas herramientas.

La investigación básica también contribuye a comprender el comportamiento de la especie. En este ámbito, el grupo ha estudiado la detección de la feromona por parte de hembras de polillas usando neurobiología unicelular. Según Gemeno, los resultados indican que las hembras no perciben su propia feromona, en contra de lo que argumentan otros estudios que no usan herramientas tan precisas. Este hallazgo permite profundizar en los mecanismos de comunicación del insecto.

Continuidad y coordinación

La confusión sexual es una herramienta relevante para el control de la polilla del racimo, pero su eficacia depende de una aplicación adecuada y del seguimiento de la plaga. Gemeno advierte de que, cuando las poblaciones disminuyen y dejan de observarse daños evidentes, algunos agricultores pueden dejar de utilizarla, lo que compromete la continuidad de la estrategia.

«La confusión sexual es como un antibiótico, tú lo tienes que tomar 7 días, si no, no te hace efecto», explica. Con esta comparación, el investigador subraya que reducir la presencia de la plaga no significa que se pueda abandonar la técnica sin valorar las consecuencias.

Mantener la estrategia debe ir acompañado de un seguimiento de las poblaciones y, cuando sea posible, del conteo de huevos, que es la forma más precisa de estimar el potencial tamaño de la población. Si los datos indican un aumento que justifique intervenir, pueden ser necesarios tratamientos puntuales con fitosanitarios. La idea es combinar las herramientas disponibles y ajustar las decisiones a la evolución de la plaga, en lugar de confiar en una única medida.

También importa la superficie en la que se aplica. La confusión sexual puede perder eficacia cuando se utiliza en una parcela aislada rodeada de viñedos sin tratar, porque los insectos procedentes de las zonas vecinas pueden entrar en ella. Por eso, la coordinación entre explotaciones puede ser tan importante como la propia herramienta.

Gemeno estima «que mínimo hay que tener unas 10 hectáreas para evitar el efecto borde». No se trata de un umbral universal , ya que la eficacia depende también de la distribución de las parcelas, la presión de la plaga y las condiciones de aplicación.

Por otro lado, el investigador ha participado en un artículo publicado en Phytoma sobre la posibilidad de que la polilla desarrolle resistencia a la confusión sexual. Según explica, los autores argumentaron que no hay evidencia que respalde esa posibilidad y que la consideran muy poco probable.

Nuevos compuestos

Otra línea de trabajo busca identificar sustancias de la vid que influyan en la puesta de huevos de Lobesia botrana. La tesis doctoral de Sharan Chowalli estudia cómo responden las hembras a distintos compuestos químicos presentes en la planta.

Las sustancias se han identificado mediante técnicas de cromatografía, en colaboración con la Dra. Isabel Lara de la Universidad de Lleida, y posteriormente se evalúan en pruebas de laboratorio. Los resultados preliminares indican que algunos compuestos estimulan la puesta de huevos, mientras que otros parecen inhibirla.

«Estamos haciendo una librería de compuestos que podrían tener un uso a nivel de campo», explica Gemeno.

Estos resultados abren dos posibles vías de aplicación. Por un lado, podrían investigarse sustancias que dificulten que las hembras pongan huevos en la vid. Por otro, los compuestos que estimulan la oviposición podrían estudiarse para desarrollar «estaciones de muestreo de huevos», facilitando el seguimiento de la población.

Por ahora, se trata de una línea de investigación en desarrollo. Antes de convertirse en una herramienta para el viticultor, cada compuesto deberá estudiarse y validarse para comprobar su eficacia, seguridad y viabilidad en condiciones de campo. Su interés reside en ampliar las opciones de control mediante el conocimiento del comportamiento reproductivo de la plaga.

Anticiparse a los cambios en las poblaciones

Además de mejorar la detección de las plagas presentes, la investigación busca avanzar en la capacidad de anticipar su evolución. El cambio climático y la posible expansión de nuevas especies hacen necesario reforzar la vigilancia y adaptar las estrategias de control a las condiciones de cada zona.

En esta línea, Chem-Ecol planteaba desarrollar un modelo fenológico para el mosquito verde, cuya importancia podría aumentar en Rioja con el cambio climático. En el momento de la entrevista, la propuesta de proyecto estaba pendiente de evaluación por parte de la Agencia Estatal de Investigación.

Los modelos fenológicos permiten estimar cómo evoluciona el desarrollo de un insecto en función de factores como la temperatura y otras condiciones ambientales. Si se dispone de datos suficientes y el modelo se ajusta a las condiciones locales, puede ayudar a identificar periodos en los que conviene intensificar el seguimiento o valorar una intervención.

El investigador advierte de que estas predicciones no se pueden trasladar automáticamente de una región a otra. Las condiciones meteorológicas y otros factores del entorno influyen en el desarrollo de las plagas, por lo que los modelos necesitan datos adecuados y validación local.

La inteligencia artificial y los sistemas automatizados de identificación y recuento de insectos también podrían contribuir a mejorar la vigilancia. La finalidad es obtener datos con mayor continuidad, detectar antes los cambios en las poblaciones y disponer de más información para decidir cómo actuar. Estas tecnologías complementarían la observación del viñedo y el asesoramiento técnico, no los sustituirían.

No todas las plagas evolucionan de la misma manera ni todos los riesgos potenciales tienen la misma importancia en Rioja. Por ello, tanto los modelos predictivos como los sistemas de vigilancia deben adaptarse a las especies presentes y a las necesidades de cada territorio.

Una estrategia integrada

La ecología química amplía las posibilidades de conocer y controlar las plagas, pero la reducción de fitosanitarios no depende de una herramienta aislada. El control integrado combina medidas como el seguimiento de las poblaciones, la confusión sexual, las trampas, el uso de enemigos naturales y, cuando resulta necesario, los tratamientos fitosanitarios.

Gemeno insiste en que las condiciones de cada viñedo, la presión de las plagas, la disponibilidad de herramientas de control y las exigencias del mercado influyen en las decisiones. Por eso, el objetivo no es sustituir una solución por otra de forma generalizada, sino disponer de información suficiente para combinar las medidas más adecuadas en cada situación. Chem-Ecol busca que el conocimiento sobre las señales químicas y el comportamiento de los insectos se traduzca en un seguimiento más preciso y en decisiones mejor fundamentadas para poder intervenir en el momento oportuno, mejorar el control de las plagas y reducir los tratamientos que no sean necesarios.