Mientras la inteligencia artificial ayuda a interpretar el comportamiento de cada parcela, Rioja protege el mayor patrimonio de viñedo viejo de España para convertir el conocimiento y el origen en sus grandes elementos diferenciales
Texto: Mirian Terroba
redaccion@laprensadelrioja.com
Una cepa plantada hace más de un siglo hunde sus raíces en el mismo suelo donde ha sobrevivido a guerras, heladas, sequías y profundas transformaciones del paisaje agrícola. Sobre esa misma parcela, un satélite registra su evolución campaña tras campaña. A partir de esas imágenes, junto con miles de datos agronómicos y climáticos, un algoritmo es capaz de anticipar cómo responderá ese viñedo en la próxima vendimia.
Puede parecer que la inteligencia artificial y las viñas centenarias pertenecen a mundos distintos. Que una mira exclusivamente al futuro y la otra únicamente al pasado. Sin embargo, ambas responden a una misma visión del viñedo.
Mientras los modelos predictivos ayudan a comprender mejor el comportamiento de cada parcela y ofrecen nuevas herramientas para una viticultura cada vez más precisa, la protección y puesta en valor de las viñas centenarias recuerda que el mayor activo de Rioja no reside únicamente en la tecnología, sino también en un patrimonio construido lentamente durante más de un siglo.
Una aporta conocimiento. La otra aporta identidad. Esa doble apuesta se refleja en las iniciativas que el Consejo Regulador ha impulsado en los últimos meses: un proyecto de inteligencia artificial para conocer mejor el comportamiento del viñedo, una plataforma digital que pone esa información al servicio de los viticultores y un programa para identificar y señalizar los viñedos centenarios de la denominación. Observadas en conjunto, todas ellas forman parte de una misma estrategia que devuelve el protagonismo a la viña y convierte el conocimiento del territorio en uno de los principales factores de diferenciación de Rioja.
Porque ninguna inteligencia artificial puede crear una viña centenaria. Pero tampoco basta con conservar ese patrimonio si no se dispone del conocimiento necesario para afrontar desafíos como el cambio climático, la sostenibilidad o la gestión de un viñedo cada vez más complejo.
No es un cambio menor. Durante buena parte del siglo XX, la denominación construyó su prestigio sobre las categorías de envejecimiento. Después llegaron los vinos de municipio y los Viñedos Singulares, que devolvieron protagonismo al origen.
Hoy ya no basta con explicar dónde nace un vino; el reto consiste en comprender, proteger y gestionar mejor cada parcela. No se trata únicamente de incorporar nuevas tecnologías ni de conservar las cepas más antiguas. Se trata de construir un modelo en el que el conocimiento científico y el patrimonio vitícola se refuercen mutuamente.
Cuando el viñedo empieza a hablar con datos
La apuesta por la inteligencia artificial es probablemente la mejor expresión de esa nueva etapa.
Durante la primera edición de las Jornadas ABC de la Excelencia, organizadas por la Asociación de Bodegas por la Calidad (ABC), el director general del Consejo Regulador, Pablo Franco, presentó la evolución del proyecto que la DOCa Rioja desarrolla desde 2022 para estimar la producción del viñedo mediante modelos predictivos capaces de combinar información histórica, imágenes de satélite, datos climáticos y observaciones de campo.

El objetivo va mucho más allá de anticipar el volumen de la cosecha. Se trata de construir un sistema que aprenda campaña tras campaña y sea capaz de interpretar cómo responde el viñedo ante condiciones meteorológicas cambiantes, distintas prácticas de cultivo o problemas sanitarios.
Pero antes de entrenar cualquier algoritmo fue necesario resolver un desafío mucho más terrenal. “Nuestra gran complicación es digitalizar”, reconoció Franco durante su intervención. Durante más de dos décadas, el Consejo Regulador había acumulado una enorme cantidad de información agronómica —datos fenológicos, estimaciones de producción o seguimientos de campo— que debía ser recuperada, ordenada y georreferenciada para que pudiera ser interpretada por los modelos predictivos.
La tecnología, insistió, solo es tan buena como la información con la que aprende. Por eso advirtió de que “es muy importante cómo tomamos el dato y de qué manera lo tomamos”, recordando que una información poco fiable puede comprometer todo el comportamiento del sistema.
El primer modelo desarrollado integró cerca de 1.650 variables de entrada y permitió entrenar 170 modelos predictivos distintos hasta seleccionar los de mayor precisión. Conforme avanzaban las campañas, la inteligencia artificial fue aprendiendo a reconocer automáticamente aspectos como la presencia de cubiertas vegetales, las marras, determinados estados fenológicos o los efectos de fenómenos meteorológicos.
“El sistema al final lo que hace es pensar y darte una propuesta”, resumió Franco para explicar una tecnología cuyo objetivo no es sustituir al técnico ni al viticultor, sino ofrecer una herramienta de apoyo basada en el análisis masivo de datos.
La campaña de 2025 constituyó una prueba especialmente exigente. Aunque el algoritmo no había sido entrenado para reconocer el mildiu, detectó una importante reducción del potencial productivo de numerosas parcelas.
“El modelo redujo casi en 2.000 kilos por hectárea sin saber que había mildiu”, explicó el director general. Aquella experiencia permitió desarrollar posteriormente un modelo específico para incorporar esta enfermedad y mejorar todavía más la precisión de las predicciones.
Los resultados obtenidos confirman además que el sistema mejora conforme aumenta el conocimiento disponible sobre cada parcela. “Si tú aportas información específica, el grado de precisión sube de una manera brutal”, afirmó.
Facilitar la toma de decisiones
Ese conocimiento ha dejado de ser una herramienta exclusiva del Consejo Regulador para convertirse también en un servicio dirigido a los propios viticultores.
La puesta en marcha del Sistema Digital de Información Agroclimática y Predicción de la Cosecha representa el primer gran paso en esa dirección. La plataforma permitirá consultar desde cualquier dispositivo información personalizada de cada parcela inscrita en la denominación, incluyendo datos agroclimáticos, cartografía de precisión, documentación administrativa y estimaciones de producción obtenidas mediante los modelos predictivos desarrollados por el Consejo.
La herramienta no pretende reemplazar la experiencia del viticultor, sino facilitar la toma de decisiones durante la campaña y ofrecer una visión mucho más precisa del comportamiento de cada explotación. En cierto modo, constituye la traducción práctica de todo el conocimiento generado por el proyecto de inteligencia artificial.
Lo que ningún algoritmo puede crear
Mientras Rioja aprende a interpretar su viñedo mediante millones de datos, la denominación trabaja también para proteger aquello que ningún algoritmo puede fabricar: el tiempo.
Porque si la inteligencia artificial necesita información para aprender, las viñas centenarias acumulan más de un siglo de memoria agronómica escrita sobre el terreno. No es casualidad que Rioja concentre la mayor superficie de viñedo viejo y centenario de España.
Ese patrimonio constituye hoy uno de los argumentos más sólidos para diferenciar a la Denominación en un mercado donde la autenticidad, el paisaje y el vínculo con el territorio adquieren un valor creciente.
La presentación del proyecto de señalización e identificación de los viñedos centenarios, integrado en la agenda Somos Rioja, simboliza esa otra línea estratégica de la denominación. La iniciativa permitirá identificar sobre el terreno estas parcelas mediante monolitos de acero corten y acercar este patrimonio al conjunto de la sociedad y al enoturismo.
Durante la presentación del proyecto, la presidenta del Consejo Regulador, Raquel Pérez Cuevas, definió estas viñas como “un tesoro cultivado a través de generaciones”, recordando que muchas de ellas han sobrevivido a guerras, crisis económicas y profundas transformaciones sociales hasta convertirse en uno de los grandes elementos diferenciales de Rioja.
En ese mismo acto, la directora técnica del Consejo Regulador, Alejandra Rubio, explicó el trabajo desarrollado para identificar las parcelas conforme a los criterios de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) y puso el acento en su extraordinario valor agronómico.
Las definió como “auténticas joyas del paisaje vitícola”, no solo por la calidad de los vinos que producen, sino también por la biodiversidad que conservan, su capacidad de adaptación al cambio climático y el legado vegetal que representan para las generaciones futuras. Hoy Rioja cuenta con 8.642 hectáreas de viñedo viejo y ha identificado alrededor de 240 parcelas centenarias, un patrimonio único en el panorama vitivinícola español.
No se trata únicamente de catalogar parcelas, crear nuevas menciones de etiquetado o elaborar un inventario. Se trata de reconocer oficialmente un patrimonio que los viticultores han conservado durante generaciones y de convertirlo en una de las grandes señas de identidad de la Denominación.
Porque las viñas centenarias no pueden fabricarse. Solo pueden heredarse, cuidarse y transmitirse. Y, en un momento en el que el vino busca diferenciarse a través del origen y la autenticidad, pocas historias resultan tan poderosas como la de unas cepas que llevan más de cien años escribiendo, vendimia tras vendimia, la historia de Rioja.

Los verdaderos guardianes del patrimonio
La primera señalización como viñedo centenario se instaló en la finca de José Antonio Rubio, en Elciego. No fue una elección casual. Su parcela, plantada en 1920, simboliza a miles de viticultores que durante décadas conservaron cepas poco productivas cuando lo más rentable habría sido sustituirlas por nuevas plantaciones.
Durante la presentación del proyecto, Rubio explicó que mantener ese viñedo nunca respondió únicamente a razones económicas. “Es un orgullo para mí y para mi familia. Se conservan por una cuestión sentimental”.
Probablemente esa frase resume mejor que cualquier dato estadístico el valor de este patrimonio. Antes de que existieran inventarios, certificaciones o planes de protección, fueron generaciones de viticultores quienes decidieron conservar unas cepas que hoy constituyen uno de los principales activos diferenciales de Rioja.
Han sido ellos quienes, generación tras generación, mantuvieron parcelas de escasa producción y elevado coste de cultivo cuando lo más rentable habría sido arrancarlas y plantar viñedos nuevos. Gracias a esa decisión, Rioja conserva hoy un patrimonio que ninguna otra denominación española posee en semejante dimensión.
Ese legado ha sido también la base sobre la que numerosas bodegas han construido algunos de sus vinos emblemáticos. Por ejemplo, Marqués de Riscal elabora su vino 150 Aniversario con uvas procedentes de viñas de más de 80 años, tanto de viñedos propios como de viticultores con los que mantiene una relación desde hace generaciones. En Rioja Oriental, Bodegas Queirón ha basado su proyecto en la recuperación del patrimonio vitícola de Quel y elabora El Arca a partir de una parcela de garnachas plantada en 1892, superviviente a la filoxera y considerada una de las viñas históricas más singulares de la Denominación.
En otros casos, la propia etiqueta reivindica expresamente la edad de las cepas. Es el caso de Tarón Cepas Centenarias, elaborado con uvas de viñedos de más de un siglo; Viña Ane Centenaria, nacido de una parcela de 125 años en San Vicente de la Sonsierra; Pijus Magnificus e Incontinencia Summa Blanco, procedentes también de esa misma viña centenaria; Proelio Viñedos Viejos Garnacha y La Canal del Rojo, elaborados con viñas de más de ochenta años en el Alto Najerilla; Óbalo Las Arenas, procedente de una finca plantada en 1941 y otras parcelas cercanas a los noventa años; Gaudium, de Marqués de Cáceres, elaborado con viñas viejas y algunas parcelas prefiloxéricas; o El Mirón del Humilladero, de Bodegas Paco García, nacido de un viñedo plantado en 1880, considerado uno de los más antiguos de Rioja.
Sobre ese patrimonio heredado han construido también su identidad numerosas bodegas, como por ejemplo Remelluri, Artuke, Bideona, Sierra de Toloño, Contino, Abel Mendoza, Ostatu o Luis Ángel Casado, que llevan años poniendo en valor las viñas viejas como una expresión del territorio, el paisaje y la historia de Rioja.
*Reportaje publicado en el nº 256 de La Prensa del Rioja
La Prensa del Rioja – nº 256












