El Master of Wine presenta el 2 de julio en Briñas Los lugares del vino, una obra en la que replantea el concepto de terruño y reivindica el papel del viticultor como protagonista del futuro del sector
Texto: Mirian Terroba
redaccion@laprensadelrioja.com
Pedro Ballesteros Torres MW es uno de esos profesionales que han contribuido a cambiar la forma de entender el vino español en el mundo. Ingeniero agrónomo, Master of Wine y uno de los grandes divulgadores internacionales del vino, ha dedicado buena parte de su trayectoria a analizar cómo los territorios construyen su identidad y cómo los vinos son capaces de transmitir la historia de quienes los hacen posibles.
Para Ballesteros, el vino no es únicamente la expresión de un suelo ni de una tradición inmutable; es la obra colectiva de personas que transforman un territorio y que deben recuperar mayor protagonismo económico, cultural y social. Antes de entrar en cuestiones como el terruño, los viñedos singulares o el futuro de Rioja, sitúa el debate en un elemento esencial: quienes trabajan la tierra.
En Los lugares del vino, el primer Master of Wine español propone una revisión profunda de algunos de los conceptos más asentados del mundo del vino y plantea una pregunta clave para el sector: ¿y si durante años hemos puesto el foco en el suelo y nos hemos olvidado de quienes lo trabajan?
Frente a una visión reducida basada únicamente en el terroir, Ballesteros defiende que los grandes vinos nacen de una combinación de naturaleza, cultura, historia y, sobre todo, de quienes trabajan y dan sentido a un territorio.
Más que una crítica al concepto de terroir, el libro es una reivindicación del papel del agricultor, de la capacidad humana para transformar el territorio y de la necesidad de devolver protagonismo a quienes viven y trabajan en el medio rural.
A lo largo de la conversación con el Master of Wine subyace una idea constante: el vino es una obra humana y el viticultor debe recuperar el protagonismo que ha perdido en el relato contemporáneo del vino. «El vino no es hijo ni consecuencia de ningún clima, ni de ningún suelo ni de ninguna tradición».
Lejos de negar la importancia del territorio, lo que cuestiona es una interpretación determinista del terroir que, a su juicio, ha terminado relegando a un segundo plano a quienes toman decisiones, asumen riesgos e innovan. «El vino es un producto agroalimentario que es la consecuencia de un cultivo intencional, un cultivo comercial».
Los cinco terruños
Una de las principales aportaciones conceptuales de Los lugares del vino es la reinterpretación del concepto de terruño. Frente a una visión tradicional que lo vincula casi exclusivamente al viñedo y a las características naturales de una parcela, Ballesteros propone ampliar la mirada y entender el vino como el resultado de una sucesión de cinco ecosistemas conectados entre sí.
El primero es el viñedo; después llega la fermentación; continúa la crianza; sigue la evolución en botella y culmina en el consumidor. Es precisamente este último eslabón el que ocupa el lugar central de su planteamiento, porque es quien completa el sentido del vino.
«El quinto terruño, que es el que le da sentido a todos los demás terruños, es el más importante, es el consumidor», explica. Para Ballesteros, un vino no alcanza su verdadera dimensión hasta que alguien lo disfruta y lo incorpora a su propia experiencia. «La persona que se bebe ese vino lo transforma en memoria y comunica esa memoria».
Desde esta perspectiva, rechaza una visión del vino como un simple vehículo para trasladar un paisaje o reproducir una parcela concreta.«El objetivo del vino no es trasladar paisajes ni llevar historias, sino convertirse en una memoria compartida con las personas».
Su planteamiento no niega la importancia del origen, sino que amplía el concepto de territorio para incluir también la intervención humana, la cultura y la experiencia. El vino deja así de ser únicamente un producto agrícola para convertirse en un «producto fundamentalmente emocional y fundamentalmente cultural».
El vino es innovación
La reivindicación del factor humano conduce a otra de las grandes ideas del libro: la necesidad de asumir el cambio.
Ballesteros se muestra especialmente crítico con ciertos discursos que presentan el vino como una actividad inmóvil, ligada exclusivamente a la tradición. Frente a esa visión, reivindica el ingenio y la capacidad de adaptación.
«El vino, como cualquier otra actividad humana, es cambio, es innovación. Si logramos crear un marco de pensamiento en el vino que permita el cambio, la innovación y hacer cosas nuevas, puede tener una parte positiva».
Insiste en que el futuro exigirá más conocimiento, más investigación y, probablemente, nuevas soluciones varietales capaces de responder a un contexto climático muy diferente al actual.

El viticultor como protagonista
Si hay una figura que recorre toda la conversación es la del agricultor. Para Ballesteros, cualquier reflexión sobre el futuro del vino debe partir de una idea fundamental: devolver protagonismo a quienes trabajan la tierra.
A su juicio, buena parte de los problemas del medio rural tienen que ver con una pérdida histórica de reconocimiento. «En un país como España los agricultores nunca han pintado nada», afirma.
No lo plantea únicamente como una cuestión económica, sino también como un problema de consideración social y de capacidad de decisión. Por eso defiende que el debate vitivinícola no puede desligarse del desarrollo rural. «Hay oportunidad de cambio. Y el cambio es responsabilidad del agricultor». Pero matiza que esa transformación no puede depender solo del esfuerzo individual, «tiene que ser colectivo».
La solución, en su opinión, pasa por construir nuevos modelos de gobernanza que permitan a los territorios rurales generar más valor, innovación y oportunidades.
Ballesteros considera que el modelo actual todavía otorga un mayor peso a la bodega y al producto final frente al trabajo previo realizado en el viñedo. En su análisis, la uva no cuenta con un reconocimiento suficiente como elemento de calidad y el agricultor mantiene una fuerte dependencia de las decisiones de otros actores para obtener una rentabilidad acorde con su esfuerzo.
Su planteamiento no busca enfrentar a viticultores y bodegas, sino avanzar hacia un equilibrio mayor en el que quienes cultivan la tierra puedan capturar más valor y asumir un papel central en la construcción del futuro del vino.
Rioja, laboratorio del futuro
La reflexión sobre el terruño y el papel de las personas lleva la conversación inevitablemente a Rioja. Para Pedro Ballesteros, la denominación reúne buena parte de los debates que marcarán el futuro del vino español: la gobernanza, la relación entre viticultores y bodegas, el reconocimiento de la uva, la evolución de las figuras de calidad, el papel de las cooperativas, el exceso de producción, la diferenciación territorial y el relevo generacional.
Su mirada parte de una profunda admiración por Rioja y de la convicción de que, precisamente por su historia y dimensión internacional, está llamada a liderar la transformación del modelo vitivinícola español. «Rioja es lo más grande que hay; es el faro y la cabeza del vino de España», afirma. Por eso considera que la denominación puede convertirse en un auténtico laboratorio donde ensayar nuevas fórmulas de desarrollo.
Uno de los retos que identifica pasa por reforzar el reconocimiento de la calidad de la uva y del trabajo del viticultor. «En Rioja no existe la figura de la uva de calidad. Solamente existe el vino de calidad». En su opinión, esta circunstancia dificulta que algunos jóvenes puedan desarrollar una carrera profesional exclusivamente como viticultores, sin necesidad de elaborar y comercializar su propio vino. «¿Por qué un montón de chavales jóvenes están obligados a hacerse bodegueros cuando podrían ser unos viticultores extraordinariamente buenos?».
Para Ballesteros, avanzar hacia un modelo que reconozca mejor el valor de la uva permitiría reforzar la profesionalización del sector y ofrecer nuevas oportunidades a quienes deciden dedicarse al cultivo de la vid. Pero insiste en que cualquier transformación debe empezar por devolver el protagonismo a las personas. «Las personas tienen que ser el elemento central». Y resume esa idea con una frase tan sencilla como reveladora: «Se trata de que el agricultor gane pasta por lo que hace bien».
El valor de la uva
Una de las cuestiones en las que más incide Ballesteros es en cómo se reconoce la calidad dentro del modelo actual de Rioja. A su juicio, la evolución histórica del sistema ha dado mayor protagonismo al vino elaborado y a la marca final, mientras que el valor de la uva y el trabajo del viticultor no siempre han encontrado un reconocimiento equivalente.
Su reflexión se centra especialmente en algunas figuras de calidad, como el viñedo singular. «La primera condición para que un viñedo sea Singular en Rioja es una escritura notarial», afirma. Con esta frase plantea un debate sobre si el reconocimiento del valor de un viñedo debe depender únicamente de la propiedad o también de la calidad del trabajo realizado en él.
En esa línea, señala una carencia que considera relevante para el futuro del sector: «En Rioja hoy no es posible hacer uva de calidad legalmente. No existe esa figura». Para Ballesteros, reconocer mejor la calidad de la materia prima permitiría reforzar la posición del viticultor y abrir nuevas vías profesionales más allá de la elaboración de vino.
Su planteamiento pasa por que el agricultor pueda desarrollar su actividad con mayor autonomía y capacidad de negociación. «Tú no puedes hacer que tu vida profesional, que es vender uvas, dependa de la decisión de una bodega. Tienes que ser un empresario».
Esa necesidad de replantear el modelo se vuelve aún más urgente ante el escenario que dibuja para la próxima campaña. Ballesteros advierte de que las buenas condiciones del viñedo pueden provocar un exceso de producción. Ante esa situación, defiende un cambio de orientación: «Tienes que hacer mejores uvas, tienes que hacer menos uvas y de más calidad».
Menos dependencia, más responsabilidad
Otro de los asuntos sobre los que reflexiona Ballesteros es el papel de las ayudas públicas en el sector agrario. A su juicio, el modelo desarrollado durante las últimas décadas ha generado una elevada dependencia de las subvenciones, lo que dificulta avanzar hacia un sector más autónomo y profesionalizado. «No puedes tener a gente pidiendo para la reconversión, luego para la vendimia en verde, luego para arrancar viñas…».
No obstante, inmediatamente matiza que no responsabiliza de ello a los agricultores, sino al modelo de intervención pública construido durante décadas. Su propuesta no pasa por una supresión inmediata de las ayudas, sino por una transición progresiva. «Una política que tuviera una visión al 2035 o al 2040». Un horizonte en el que el agricultor pueda desarrollar su actividad con mayor autonomía, asumir riesgos y tomar decisiones como cualquier otro empresario.
En ese proceso concede un papel relevante a las cooperativas. «Una de las herramientas fundamentales para esto son las cooperativas». A su juicio, muchas tienen margen para evolucionar hacia modelos más orientados a la creación de valor para sus socios y para el conjunto del territorio.
En este proceso de transformación, Ballesteros considera que las cooperativas pueden desempeñar un papel clave si avanzan hacia modelos más enfocados a la creación de valor y al desarrollo económico de sus miembros y de su entorno. Porque, concluye, el objetivo no es únicamente producir vino, sino contribuir a generar riqueza y oportunidades en el medio rural.
Un libro para pensar
Al final, Los lugares del vino se aleja de la estructura de un tratado convencional sobre viticultura para convertirse en una reflexión sobre la relación entre las personas y el territorio. Cuando se le plantea si el libro tiene una dimensión filosófica, Ballesteros no lo rehúye. A lo largo de sus páginas conviven conceptos como energía, genética, política, cooperación o agricultura con cuestiones estrictamente vitivinícolas, porque para él todas forman parte de una misma conversación: la manera en que el ser humano interpreta, transforma y da sentido al entorno que habita.
El propio autor resume así su propósito: «Quiero estimular ideas y pensamientos». Quizá ahí resida una de las principales aportaciones del libro. No busca ofrecer respuestas cerradas sobre el vino, sino abrir nuevas preguntas: sobre quién crea valor, quién toma decisiones, cómo se construye la identidad de un territorio y qué papel deben ocupar las personas que lo trabajan.
En el fondo, toda la argumentación de Pedro Ballesteros termina regresando siempre al mismo lugar. No al suelo. No al clima. No a la parcela. A las personas.
Briñas, escenario para presentar Los lugares del vino
Esa mirada explica también la elección del lugar donde Pedro Ballesteros presentará su obra. El Hotel Portal de La Rioja, en Briñas, acogerá el próximo jueves 2 de julio, a las 19:00 horas, la presentación de Los lugares del vino. El terroir y los terruños (Planeta Gastro), en un encuentro de entrada libre hasta completar aforo.
La elección de Briñas y de la comarca de Rioja Alta conecta directamente con una de las ideas centrales del libro: el territorio no puede entenderse sin las personas que lo habitan y lo trabajan. Más allá de los paisajes, las parcelas o las condiciones naturales, Ballesteros sitúa en el centro de su reflexión a viticultores y comunidades rurales como protagonistas de la construcción del vino.
Por ello, la presentación pretende ser también un reconocimiento a las familias y profesionales que, generación tras generación, han cultivado la tierra y han contribuido a construir la identidad y el prestigio de los grandes territorios vitivinícolas. Un escenario coherente con el espíritu de una obra que defiende que detrás de cada viñedo y de cada botella hay conocimiento, esfuerzo, decisiones y una historia humana.













