La tesis doctoral de David Labarga Varona analiza el impacto de prácticas agrícolas en la microbiota del suelo y del mosto y destaca el efecto del acolchado orgánico en la mejora de la biodiversidad y la conservación del suelo
El uso de acolchados orgánicos en viñedo contribuye a aumentar la biodiversidad del suelo y a mitigar su degradación a largo plazo. Esta es una de las principales conclusiones de la tesis doctoral de David Labarga Varona, en la que se analiza cómo distintas prácticas agrícolas influyen en los microorganismos presentes en el suelo, la rizosfera y el mosto.
El trabajo también pone de manifiesto que factores como la añada y la localización del viñedo tienen un peso más determinante en la composición de bacterias y hongos que las propias prácticas agrícolas evaluadas. Aun así, estas prácticas generan efectos concretos, especialmente en el suelo y en la zona de interacción con las raíces.
La investigación se ha centrado en tres estrategias vinculadas a la agricultura ecológica y regenerativa: la aplicación de acolchados orgánicos —como paja, restos de poda o sustrato procedente del cultivo de champiñón— frente a sistemas convencionales; el comportamiento de cinco portainjertos (1103P, R110, 140Ru, 41B y 161-49C) en condiciones de riego y sequía; y el uso de agua ozonizada para el riego.
En el caso de los acolchados, los resultados evidencian una mejora progresiva del ecosistema del suelo. El incremento de la diversidad microbiana no se detecta de forma inmediata, sino a partir del tercer año, lo que indica un efecto acumulativo. Además, su aplicación contribuye a regular la temperatura y la humedad del suelo.
Portainjertos y adaptación al estrés hídrico
Por su parte, en los ensayos con portainjertos, el riego se identificó como el principal factor que modula las comunidades bacterianas. Bajo condiciones de sequía, se observaron diferencias asociadas al genotipo, lo que refuerza el papel de estos materiales vegetales en la adaptación al estrés hídrico. Según el investigador, no existe un portainjerto universalmente superior, sino que cada uno ejerce un efecto propio sobre la microbiota, especialmente en situaciones adversas, en las que la planta parece favorecer determinados microorganismos que contribuyen a su adaptación.
En cuanto al riego con agua ozonizada, no se detectaron cambios significativos en los microorganismos del suelo, lo que cuestiona su eficacia desde una perspectiva microbiológica.
La tesis ha sido desarrollada en el Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino (ICVV), dentro del programa de Doctorado en Enología, Viticultura y Sostenibilidad del Departamento de Agricultura y Alimentación de la Universidad de La Rioja. Bajo el título «Estudio del impacto de diferentes prácticas agrícolas en vid sobre la microbiota del suelo y el mosto», ha sido dirigida por Alicia Pou Mir, científica titular del CSIC, y ha obtenido la calificación de sobresaliente cum laude con mención internacional.
El estudio se llevó a cabo entre 2019 y 2024 en viñedos de la Denominación de Origen Calificada Rioja situados en Logroño, Aldeanueva de Ebro y Arenzana de Abajo. En total, se analizaron 246 muestras de suelo, rizosfera y mosto mediante técnicas avanzadas de secuenciación genética, que permitieron identificar tanto los microorganismos presentes como sus funciones.
Microbiota y sostenibilidad
La viticultura, actividad de gran relevancia económica, social y cultural, se enfrenta a desafíos como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad o la degradación del suelo. En este contexto, la microbiota desempeña un papel clave en la salud de la vid y en la calidad del vino. «La microbiota interviene en la nutrición de la planta, en su protección frente a patógenos y en la definición de las características del mosto y del vino», explica David Labarga.
El trabajo subraya que los efectos de estas prácticas dependen en gran medida del contexto ambiental y que muchos de ellos solo se manifiestan a medio y largo plazo. Por ello, destaca la importancia de incorporar la dimensión microbiológica en la gestión del viñedo para avanzar hacia modelos más sostenibles y resilientes. «El viñedo debe entenderse como un sistema en el que suelo, planta y microorganismos están interrelacionados», concluye el investigador.
La investigación ha contado con financiación de un proyecto nacional (RTI2018-095748-R-I00), un proyecto europeo (PRIMA-MiDiVine project 1564) y fondos FEDER. Asimismo, han colaborado las bodegas Campo Viejo, D. Mateos, Domeco Jarauta y Enocuatro S.L., que cedieron viñedos para la experimentación.
Durante su etapa predoctoral, David Labarga realizó estancias en la Universidad de Reims Champagne-Ardenne y en la Freie Universität Berlin, y fue beneficiario de un contrato FPI/CAR-UR 2022.












