Viñedos teñidos de rojo, pueblos, caminos, patrimonio y gastronomía para disfrutar del territorio sin prisas
Texto: Mirian Terroba
redaccion@laprensadelrioja.com
Cuando las últimas uvas abandonen las viñas, Rioja estrenará uno de sus momentos más espectaculares: el otoño. Las cepas se teñirán de rojos, ocres y amarillos y el territorio recuperará la calma, invitando a caminar entre viñedos, descubrir pueblos, sentarse a la mesa y disfrutar de un paisaje perfecto para despedir el verano y dar la bienvenida a la nueva estación.
Es también el momento de mirar más allá de las bodegas. Rioja Alta, Rioja Alavesa y Rioja Oriental ofrecen tres paisajes diferentes para vivir el otoño, desde las viñas que se extienden al pie de la Sierra de Toloño hasta los olivares, ríos y paisajes mediterráneos de la zona oriental.
Estas son seis razones para hacerlo.
1. Porque las viñas se convierten en un espectáculo de color
Después de la vendimia llega uno de los momentos más fotogénicos del año. Las hojas de las cepas empiezan a cambiar de color y los viñedos adquieren tonalidades rojizas, ocres y doradas.
El paisaje que durante meses ha estado dominado por el verde se transforma progresivamente y ofrece una nueva manera de recorrer Rioja. Ya no se trata de ver trabajar las viñas, sino de contemplarlas, caminar entre ellas y disfrutar de los contrastes con las sierras, los pueblos y los caminos.
Es la Rioja de las largas caminatas, las mañanas frescas y las tardes que todavía permiten alargar el paseo.
2. Porque el otoño invita a caminar
Cuando termina la vendimia, los caminos recuperan la calma y el paisaje se convierte en una invitación a caminar. Hay rutas entre viñedos, pero también recorridos que permiten descubrir la diversidad de Rioja: desde los senderos de la Sonsierra, con sus guardaviñas, lagares rupestres y ermitas, hasta los caminos del este, donde las cepas comparten espacio con olivares, almendros y huertas.
La Vía Verde del Cidacos permite recorrer a pie o en bicicleta este paisaje y acercarse a localidades como Autol y Quel, además de contemplar las singulares formaciones del Picuezo y la Picueza. El recorrido atraviesa un paisaje que cambia de las huertas y alamedas del valle a los relieves más abruptos de la sierra.
En Rioja Alavesa, los paseos entre viñas pueden conducir hasta lugares como Elvillar/Bilar, Kripan o Leza, integrados en una ruta de dólmenes que permite combinar paisaje, patrimonio prehistórico y viñedo.
Además, el paisaje va mucho más allá de las cepas. Los bosques de ribera que acompañan al Ebro, con los Sotos de Alfaro como uno de sus mejores ejemplos, ofrecen una imagen completamente diferente, marcada por chopos, álamos y vegetación adaptada a las crecidas del río.
3. Porque hay una Rioja que también se descubre bajo tierra
El otoño es una buena época para descubrir otra cara del territorio: la que se encuentra bajo las calles de sus pueblos.
En localidades como Ábalos o Laguardia, los antiguos calados forman parte de un patrimonio subterráneo directamente relacionado con la cultura del vino. Excavados en la roca bajo las casas, fueron utilizados durante siglos para conservar y trabajar el vino, aprovechando unas condiciones naturales de temperatura y humedad.
La experiencia permite viajar atrás en el tiempo y entender cómo el vino ha condicionado la arquitectura y la vida de estos pueblos.
Y, al salir de nuevo a la superficie, quedan las villas medievales, las murallas, las iglesias y las calles de Rioja Alavesa y Rioja Alta para continuar el paseo.
4. Porque cada pueblo tiene algo que contar
Rioja no se descubre solo entre viñedos. También merece la pena detenerse en sus pueblos, recorrer sus calles y descubrir cómo el vino y la historia han dejado huella en el territorio.
En Rioja Alavesa, localidades como Labastida o Elciego combinan patrimonio histórico y cultura vitivinícola. En Rioja Alta y la Sonsierra, pueblos como Briones o San Vicente de la Sonsierra conservan iglesias, ermitas, murallas y otros elementos que ayudan a entender la relación entre las poblaciones y el paisaje que las rodea.
Hacia el este, el patrimonio adopta otras formas. Cervera del Río Alhama conserva los restos de su castillo medieval, mientras Cornago, Igea o Aguilar del Río Alhama permiten acercarse a un territorio en el que conviven patrimonio, paisaje y vestigios de sus antiguos pobladores.
Así, cada parada añade una pieza diferente al viaje: una iglesia, una plaza, una antigua construcción, una vista sobre el paisaje o simplemente la posibilidad de pasear sin prisa y descubrir otra forma de entender Rioja.

5. Porque la gastronomía y el vino merecen su tiempo
Cuando baja el ritmo del campo, aumenta el tiempo para descubrir el territorio.
El otoño invita a recorrer con calma pueblos como Haro, Cuzcurrita de Río Tirón, Sajazarra, Casalarreina, Arnedo o Calahorra; entrar en sus calles, conocer sus comercios y productores locales y descubrir una oferta gastronómica que forma parte esencial de la experiencia riojana. Algunas de estas localidades permiten además combinar la visita gastronómica con patrimonio, arquitectura y paisaje.
La cocina cambia también según el paisaje. Los productos de la huerta tienen un protagonismo especial en las localidades del este de la región, mientras que en Rioja Alta y Rioja Alavesa la tradición se encuentra con restaurantes, bares, tiendas especializadas y propuestas gastronómicas vinculadas al vino. Todo ello permite descubrir el territorio también a través de sus productos y de quienes los trabajan.
Después de una ruta, una visita cultural o una jornada entre pueblos, queda tiempo para entrar en una bodega, acercarse a un wine bar, sentarse en una terraza o simplemente disfrutar tranquilamente de una copa.
6. Porque un día sabe a poco
El otoño es una invitación a quedarse. Dormir en Rioja permite organizar los días sin prisas y combinar experiencias que difícilmente caben en unas horas: caminar entre viñedos, descubrir un pueblo, visitar un calado o un dolmen, acercarse al Ebro o al Cidacos, sentarse a comer y terminar el día con una copa de vino.
Además de los destinos más conocidos, el territorio guarda pequeñas localidades que merecen incorporarse al recorrido para descubrir otra escala de Rioja, más pausada y vinculada al paisaje, al patrimonio y a la vida rural.
La región ofrece también alojamientos en los que el vino forma parte de la experiencia. Dormir en una bodega o en establecimientos vinculados a la cultura vitivinícola permite acercarse al mundo del vino desde dentro y combinar descanso, gastronomía y paisaje.
Hoteles con encanto, casas rurales y apartamentos completan las opciones para convertir unos días de otoño en una escapada en la que no haya que mirar el reloj.













