Redescubriendo la ‘Borgoña riojana’ II

“Estamos reinterpretando otra vez aquello que hemos tenido siempre. Hay que agradecer a los de atrás lo que nos han dejado. Sin eso difícilmente iban a estar ahora los jóvenes”

La familia Fernández Eguíluz, heredera de la más auténtica tradición vinícola de los cosecheros de la Sonsierra riojana, cultiva sus pequeñas parcelas de viñedo entre lagares rupestres y las escarpadas lomas del agreste paisaje de Ábalos, al pie de la Sierra de Cantabria.

Según Pilar Fernández Eguíluz, lo que hace de la Sonsierra una zona especial es “el enclave donde estamos. Todavía seguimos teniendo un clima que no es tan desastre como en otros sitios, nuestra orografía, nuestros viñedos pequeños muy antiguos en las faldas del monte… Son esas cosas especiales que nos gustan a nosotros de nuestra zona”.

En cuanto a diferenciación con otras zonas, “ya no hablamos de variedades sino de esas viñas pequeñas por no haber hecho concentración parcelaria, ese gusto que todavía tenemos por los viñedos antiguos, las ganas de hacer cositas especiales… De cuidar todo eso, de conservar nuestro patrimonio como nuestros chozos o los lagares rupestres. Es decir, todo eso que hace que sigamos manteniendo historia y que no haya desaparecido, que sigamos pudiendo verla y vivirla, que es lo importante, no solo poder contarla”.

De hecho, Pilar Fernández Eguíluz tiene la percepción de que, en los últimos años, en la zona ha habido “una vuelta a los orígenes, creo que estamos reinterpretando otra vez aquello que hemos tenido siempre, como mantener la calidad frente a la calidad. Hay que agradecer a los de atrás lo que nos han dejado. Sin eso difícilmente iban a estar ahora los jóvenes. Yo he conocido a mi abuelo haciendo en algo más tradicional que la agricultura biodinámica y creo que estamos ajustando otra vez todos esos criterios de calidad. Hay ganas de pelear por todo esto que tenemos y, sobre todo, de vivir aquí”.

Ese amor por su tierra, la dedicación familiar y el esmero en cada etapa del proceso de producción, desde las labores tradicionales en el viñedo hasta los más rigurosos procesos enológicos, garantizan la excelencia de los vinos de Bodegas Fernández Eguiluz. Aunque el edificio de la bodega como tal es de finales de los años 80, “yo he conocido a mis padres elaborando vino de toda la vida, pero se hacía en la bodega vieja para llevárselo a Bodegas Muga”. Como era costumbre entonces, la familia guardaba una barrica de su vino para consumo familiar, por ejemplo en eventos como la comunión de los hijos. “Cuando se hace la bodega nueva es cuando empezamos a etiquetar y a vender nosotros”.

La familia cuenta con 14 hectáreas de viñedo propio “casi todo es viñedo viejo por encima de 45 años de ahí hasta 120 algunas. Son viñedos pequeños, desperdigados por las zonas media y alta del pueblo sobre todo de variedades tempranillo y viura básicamente, esta última siempre muy vieja”. Hay parcelas especiales, como la viña de San Prudencio, muy chiquitina, de más de 100 años en la que hay tempranillo y viura, pero también hay un poco de calagraño y cositas especiales. Le tienen especial cariño por la antigüedad, ubicación y valor sentimental porque han sido de los abuelos, que las han cuidado ellos. Otra es Romalache, tres altares que dan a la parte de Samaniego con más de 90 años en la que hay uva de distintas variedades. De ahí han sacado algún año un blanco de turruntés de Ábalos. Los viñedos se trabajan de una forma tradicional y sostenible, con mucho mimo y ‘patear’ viña, como dice Pilar. Se vigilan y controlan durante todo el ciclo vegetativo.

Su fuerte, los vinos de maceración carbónica “muy cuidados, con una viticultura más seria, traslados a bodega en remolques pequeñitos, en definitiva, con más trabajo. Llevamos desde el 2014 haciendo algún vino de parcela, alguna cosa especial como el grano a grano. De nuestros vinos destaco sobre todo la juventud y el frescor. Son vinos con potencia, que recorren toda la boca, fáciles de beber y acompañan muy bien cada momento de la comida o del poteo”.

En enoturismo la bodega propone una visita premium con cata de 5 vinos y otra de 3 y hace salidas a ver los lagares rupestres y el viñedo.

 

Reportaje publicado en el nº247 de La Prensa del Rioja

 

 

 

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