ICVV: La ciencia del vino / Investigación de vanguardia (II)

Bajo la dirección de Javier Ibáñez, el Grupo VITIGEN del Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino estudia la genética de la vid para adaptarla al cambio climático y conservar la diversidad varietal para el futuro

Texto: Mirian Terroba
redaccion@laprensadelrioja.com

El conocimiento genético de la vid se ha convertido en una herramienta estratégica para enfrentar los retos de la viticultura, como el cambio climático, la escasez hídrica, la presión sanitaria y la necesidad de diferenciación varietal. El Grupo VITIGEN —Genética y Genómica de la Vid—, integrado en el Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino, estudia la genética de la vid para conectar directamente con estos desafíos.

Creado junto al instituto en 2008, el grupo cuenta hoy con ocho miembros, entre ellos cuatro investigadores -Javier Ibáñez, Pablo Carbonell-Bejerano, Javier Tello y Carolina Royo- . Al frente está Javier Ibáñez, quien coordina el equipo y explica que su labor se centra en “comprender la genética de la planta y trasladar ese conocimiento al sector”. Su objetivo es claro: “Entender la genética de la vid para ayudar a mejorar la viticultura del futuro”. Como añade, “tratamos de conocer más sobre la genética de la vid y desarrollamos dos grandes líneas: el estudio de la diversidad genética y la base genética de caracteres de interés”.

La primera se centra en la diversidad genética de la vid. “Nos dedicamos a prospectar,  generar, obtener, conservar y caracterizar recursos genéticos”, detalla Ibáñez. Esto incluye variedades, clones, variantes somáticas —mutaciones dentro de una misma variedad— y vides silvestres, que “son una gran desconocida, seguramente dentro del mundo más profesional de la viticultura”, pero constituyen “una reserva genética de enorme valor”. El grupo también genera nueva variación mediante cruzamientos controlados, fundamentales para entender la herencia de determinados caracteres. Así, esta línea no solo cataloga material existente, sino que crea, conserva y analiza diversidad genética como base para investigaciones posteriores.

La segunda línea busca desentrañar la base genética de características clave para el sector. “Aquellas características que nos interesan de la uva: desde el color, la tolerancia a enfermedades, su capacidad de adaptación al cambio climático, la tolerancia a la sequía, etc.” Todas estas propiedades “tienen una base genética, y el objetivo es identificarla: tratamos de averiguar cuál es esa base genética: qué genes son los responsables de que unas variedades se comporten de una manera y otras de otra”.

El propósito no es solo teórico, sino que busca ayudar a seleccionar y mejorar clones y variedades. En la práctica, ambas líneas están estrechamente vinculadas: “Los materiales generados o estudiados en un caso son los que nos sirven para determinar la base genética de determinados caracteres”.

Del origen del tempranillo a la uva sin semillas

A lo largo de casi dos décadas, el grupo ha acumulado numerosos logros. Uno de los más emblemáticos fue el origen genético del Tempranillo, la variedad tinta más cultivada y de mayor calidad en España. Durante años se desconocía su ascendencia, pero gracias a los estudios del grupo se determinó que sus progenitores eran Albillo Mayor o Turruntés —presente en La Rioja— y Benedicto, una variedad casi desaparecida. “No se sabía cuál era su origen genético y, gracias a nuestros estudios, pudimos determinar qué variedades eran sus progenitoras”, explica Ibáñez. Este hallazgo tuvo implicaciones más allá de la historia varietal: “No solo constituyó un conocimiento histórico muy interesante, sino que ha revalorizado estas dos variedades”. Hoy, Albillo Mayor y Benedicto han reaparecido en viñedos antiguos y algunas bodegas elaboran con ellas. “Es una variedad que posiblemente sea interesante o importante en el futuro”, añade.

Otro hito fue la mutación del Tempranillo Blanco. “Estuvimos trabajando más de diez años para descubrir cuáles eran las mutaciones que habían generado esta nueva variedad a partir de Tempranillo Tinto”, explica Ibáñez. A pesar de no disponer de la planta original de la que surgió la mutación, lograron reconstruir el proceso genético. Tempranillo Blanco se originó por una mutación masiva o catastrófica que afectó varios cromosomas y provocó la pérdida de fragmentos, incluyendo uno que contenía los genes responsables del color. “No es únicamente un cambio de color; hay otras pérdidas y reorganizaciones que afectan a su comportamiento”.

Otro avance destacado fue el descubrimiento de la base genética de la ausencia de semillas en la uva de mesa. Toda la uva sin pepitas actual proviene de cruzamientos derivados de Sultanina. “Nosotros descubrimos qué mutación y en qué gen se había producido para dar lugar a esa ausencia de semillas”, explica Ibáñez, y todas las variedades actuales sin semillas presentan esa misma mutación.

Estos hallazgos muestran cómo la investigación genética puede tener repercusiones prácticas inesperadas. “A veces no se puede prever para qué servirá un hallazgo científico”, reflexiona Ibáñez. “Puede abrir oportunidades nuevas para variedades que estaban olvidadas”.

El reto del cambio climático

¿Cómo se traduce todo este conocimiento en el día a día del viticultor? Ibáñez lo explica con claridad: “Al viticultor le interesan los cambios que ve en el campo, no la base genética. Nosotros buscamos las causas de esos cambios”.

Uno de los mayores desafíos actuales es el cambio climático, que el grupo aborda desde dos perspectivas: “seguir trabajando con las variedades existentes, pero buscando clones o mutantes que se comporten mejor frente a las nuevas adversidades; y explorar otras variedades que puedan adaptarse mejor”, explica Ibáñez.

Un ejemplo es el estudio de los racimos de Tempranillo. “Algunos clones tienen racimos muy compactos, con las uvas muy prietas, lo que favorece enfermedades como la botritis y dificulta la maduración uniforme”. Tras años de investigación, han identificado clones con racimos menos compactos, más adecuados para nuevas plantaciones. “Además, hemos analizado la base genética de estas diferencias”, subraya Ibáñez, con el objetivo de identificar características similares en otras variedades.

Otra línea de investigación ligada al cambio climático es la tolerancia de la uva a las quemaduras solares. El grupo trabaja con colecciones amplias y análisis clonales de variedades como Graciano para detectar materiales menos sensibles a la radiación y altas temperaturas. “Estamos estudiando aspectos relacionados con la piel de la uva, como las quemaduras solares o la extractabilidad de polifenoles, porque cada vez tienen más incidencia”, explica Ibáñez. Este enfoque permite seleccionar material vegetal más adecuado y entender los mecanismos genéticos detrás, aplicables a otras variedades.

Consumidor, sostenibilidad y diversidad varietal

Aunque el trabajo del grupo se centra en la planta, sus efectos llegan hasta el consumidor final. “Entre la planta y el consumidor está todo el proceso enológico, pero la calidad de la uva lo condiciona todo”, afirma Ibáñez. Variedades o clones más resistentes pueden reducir el uso de fitosanitarios, disminuir el consumo de agua y mejorar la sostenibilidad del vino. “Si conseguimos plantas que requieran menos agua o menos tratamientos, mejoramos la huella ambiental del vino”, explica.

El investigador subraya que la viticultura deberá renovarse para adaptarse al nuevo escenario: “El cambio climático y la necesidad de diferenciación obligan a renovar en parte el viñedo”, y en ese proceso, la genética jugará un papel central.

La diversificación varietal es otra tendencia creciente. Muchas bodegas buscan diferenciarse mediante variedades minoritarias o redescubiertas. En este contexto, el grupo prospecta viñedos antiguos para localizar variedades casi desaparecidas con interés agronómico. “Las condiciones de hace 70 u 80 años no son las actuales. Algunas variedades descartadas entonces pueden ser muy útiles ahora”, señala Ibáñez. “Colaboramos con varias bodegas que ya lo están haciendo: prospectar en viñedos antiguos variedades que, en realidad, prácticamente no se conocen. En muchos casos ni siquiera estaban presentes en las colecciones de germoplasma y podrían funcionar mejor en condiciones de cambio climático”.

Un trabajo de referencia internacional

Tenemos muchísimos proyectos; enumerarlos uno por uno no tendría demasiado sentido porque abarcan ámbitos muy diversos”, explica Ibáñez, aunque subraya el volumen de colaboraciones y la intensidad del trabajo en sus dos grandes líneas de investigación. En diversidad genética, “somos un referente internacional, junto con otros dos o tres grupos, en el estudio e identificación genética de variedades”. Han caracterizado materiales en países como Argentina, Chile, Perú, Marruecos, Túnez, Argelia, Irán, Serbia, Montenegro, Georgia, Armenia o Portugal. “En muchos casos esos países no disponían de la tecnología o del conocimiento necesario, y gracias a las colaboraciones hemos podido avanzar en la ordenación de su patrimonio varietal”.

Desde la creación del instituto, han trabajado de forma continuada en caracteres de interés: “Hemos estudiado la compacidad del racimo, el color de la uva o la ausencia de semillas”.

También han investigado  caracteres como la tasa de cuajado, el número de flores o el desarrollo del fruto. “Determinar la tasa de cuajado no es complicado, pero sí muy costoso, porque hay que contar flores y luego bayas”, señala Ibáñez, lo que llevó al desarrollo de herramientas para agilizar esos procesos. También han estudiado el polen, su desarrollo y viabilidad, creando métodos de medición más precisos. “En muchos casos desarrollamos herramientas intermedias que no son el fin último, pero son imprescindibles para alcanzarlo”, resume, citando el cultivo in vitro para saneamiento de virus o regeneración de plantas.

Una pieza clave de toda esta actividad son las colecciones. “Es una herramienta fundamental con la que contamos en el instituto”, afirma Ibáñez. Participaron activamente en la ampliación de la colección en campo de La Grajera, que pasó de unas 200 variedades del antiguo CIDA a casi 600, y también disponen de una colección de vides silvestres, algunas recolectadas en La Rioja y ya descritas genéticamente. “Sin toda esa infraestructura —colecciones, invernaderos, cámaras de cultivo— y las personas que las mantienen, no podríamos responder a las preguntas científicas que nos planteamos”, concluye.